







“Aquellos días en Cuba han sido una experiencia inolvidable.
Andar sus callecitas con la cámara a cuestas tratando de “ver”
su ritmo con mi mirada de fotógrafo...
un viejo anhelo a punto de cumplir.
Empezar a recorrer La Habana caminando,
es sin dudas la mejor forma de descubrir un mundo lleno de nostalgias
en donde el tiempo parece no transcurrir.
Todos sus días se asemejan a domingo. Voces, música, y bullicio,
comparten un mismo escenario, mientras a viva voz en la calle
o de balcón en balcón se habla de lo cotidiano, a vuelta de la esquina
se debate una partida de dominó.
La arquitectura de sus edificios nos cuenta de un pasado esplendoroso,
mezcla sutil de antaño con intentos de cambios hacia lo moderno
rezagado en el tiempo, y sus callejuelas empedradas y angostas
son siempre una caja de sorpresa que encierra lo impredecible
de las cosas simples y hermosas de la vida.
Solo basta con asomar a través de alguna ventana
para comprobar como el cubano hace uso de su ingenio por mejorarse
con lo que tiene a mano, que no siempre alcanza.
Con solo mirar sus ojos, descubrirás que sobran, gentileza y hospitalidad.
Quizás un día pueda regresar, y encontrar la habana de los que se quedan
y no la de los que se van... cuando sentado esté mirando caer la tarde
a orillas del malecón y algún recuerdo hermoso pase por mi mente,
solo pediré que el encanto de los niños aún no se haya ido
detrás de algún sueño sin hacerse realidad.”
El autor